“Tener fe significa no querer saber la verdad”.
Friedrich Wilhélm Nietzsche
Parte de una supuesta modernidad es incorporar nuevas formas al lenguaje. A través del paso generacional, reemplazamos palabras heredadas en favor de nuevas, más modernas -lamentablemente la mayoría norteamericanizadas-. Se supone que exoticar el lenguaje es sentirse moderno, de vanguardia. El lenguaje se mueve, se renueva constantemente, es irrefrenable aunque a los puristas le molesten. Tal vez no sea problema del lenguaje, lo que suele suceder es que el cambio arrasa con la validez anterior. Pero, en momentos de zozobra a más de uno le sorprende regresar a frases o expresiones contrarias a su proceder habitual: “Dios mío”, suele suspirar un agnóstico ante un momento de desconsuelo.



















