“No creo en Dios, pero lo echo de
menos”.
Julian Barnes.
Algunos hombres persiguen con denuedo el
vencer a la propia muerte. Aspiran a la inmortalidad, convertirse en dioses y
si no se puede, al menos distraer o subyugar al envejecimiento. Envejecer es
acercarse a lo desconocido, más allá de la basta experiencia que se pudo haber
adquirido durante una larga vida. Tememos lo desconocido y la muerte arropa lo
más oculto de la existencia, tantas veces disfrazada con la quimera del
reencuentro. En definitiva, para algunos -entre los que me encuentro- el miedo
a la muerte es el miedo a la nada.
